Si bien hay muchos cafés y restaurantes en el mundo que tienen más de cien años de antigüedad, probablemente no eres un local establecido si no tienen más de veinticinco o cincuenta años de funcionamiento. Muchas veces, estos locales caen dentro de lo fresco, nuevo, de vanguardia e incluso hasta desechables. Sin embargo, si hay algo que me intriga y fascina es un lugar que ha resistido la prueba del tiempo.

Hay un lugar al que asisto cada vez que voy a Buenos Aires. Si bien es cierto que la oferta culinaria es muy amplia y podría estar desayunando en otro lugar, el café Tortoni tiene esa cosa antigua que me cautiva, te trasporta a otra época. Es como si estuvieras sentado en la mesa junto a la bohemia argentina de la década del 50, con un café, dos media luna contemplando un show de tango o de jazz si es que la hora lo amerita. Te miras a los espejos y no solo te ves a ti mismo sino que toda la ornamentación que lo caracteriza: fotografías en blanco y negro enmarcadas, las grandes luces en el techo, las imponentes columnas, sus mesas de otra época. Vintage, calido, tradicional. Me gusta lo antiguo, me gustan los desayunos solemnes. Sentarme en una mesa, sacar un libro, leer hasta que se te de la gana con un café es un lujo, un placer.

Vale mencionar que hasta el mismísimo Albert Eistein tuvo el placer de visitar dicho café, en los tiempos en que este funcionaba como peña, hasta la década del 40. ¿Qué habra pedido? Al café Tortoni no se va a comer simplemente, se va a contemplar.

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