Octavio Misceláneo Contreras Contreras era un pulpo de los mares del Pacífico que deambulaba atajando lo que pudiese, o como bien se dice: lo que fuese del cariño ajeno. Aparentaba ser un agradecido de la vida, con la sonrisa de oreja a oreja y los brazos siempre abiertos esperando un abrazo o abrazar, cual profeta de las profundidades.

Un día, dada la crisis y la veda pesquera, Octavio se vio en aprietos económicos. Sus funciones en el área de control de calidad de su empresa estaban siendo cuestionadas, y Octavio con la inteligencia que al menos un gran pulpo puede tener, decidió buscar nuevos rumbos.

Octavio quería fama y fortuna. Mujeres guapas, cámaras, persecuciones, mucho sexo y alcohol. Se visualizaba en un jacuzzi rodeado de mujeres fumando un puro y viviendo de las rentas. Sin embargo, su realidad era diferente.

Octavio aspiraba a ser como Paul, probablemente el pulpo más famoso que ha pisado la faz de la tierra. Paul era su ídolo. Su dormitorio estaba lleno de posters de Paul. Una y otra vez veía vídeos en Youtube de los aciertos del pulpo alemán. Luego veía los goles. Cada gol significaba un orgasmo para Octavio. Se emocionaba, alucinaba, gritaba. Amaba a Paul. Entonces pensó: ¿Por qué Paul pudo ser Paul? ¿Acaso yo también podría…? Claro que sí, se dijo a si mismo, esto es solo un tema probabilístico, 50%-50% o le achunto o nada. Pero… ¿en qué puedo ser útil?

Pensó en el mundial, pero ya estaba avanzado. Pensó en las próximas clasificatorias, faltaba mucho y por lo demás ¿qué tan masivo y leal podía ser el público?

Luego de darse unos cuantos cabezazos pensó en el Teletrak. ¿Cómo no lo consideré antes? Se dijo. El Teletrak tiene adictos, un público fiel, y… ¿qué tan difícil puede ser achuntarle a los caballos?  Pff pan comido, voy a venderme como predictor de carreras, “apuesten a mis premoniciones y serán ricos”. La tía Yoli querrá consultarme a mí, seré famoso. 

Era tal la excitación de Octavio que en ese mismo instante partió a la sucursal de Teletrak más cercana. Nunca había ido a una carrera de caballos, no tenía idea como funcionaba, pero como buen pulpo metió las manos donde pudo y empezó a averiguar. Ya, si esto tampoco tiene mayor ciencia.

“Veamos qué caballo se ve más atlético y a ese le ponemos fichas”. Su estrategia resultó. Poco a poco Octavio Misceláneo fue ganando adeptos que apostaban a sus premoniciones. Octavio cobrara por apuesta y listo. Pega fácil.

¿Cómo no se me ocurrió antes? Pensaba.

Y llegó el handicap, la reñida competencia. Caballos árabes de pura sangre se presentaban en el Club Hípico. Entre ellos, estaba uno de un famoso futbolista. Octavio, quien era fanático del fútbol y en honor a Paul, su ídolo, no dudó en poner todas sus fichas y las de sus adeptos al caballo de Vidal. Dijo: el rey Arturo no me va a fallar. Me encomiendo a Paul y a todas las ligas del fútbol europeo, este partido va a ser mío.

Ciento catorce adeptos a Octavio pusieron sus apuestas al caballito famoso. Varios de ellos arriesgando su sueldo semanal, “¿qué más da? si este pulpo se las sabe todas” decían.

Y vaya a pasar que el caballito no llegó ni a la primera vuelta…

El revuelo que generó este fallido intento fue de película. Octavio no sabía a donde ir. Se encerró en el baño y se puso a rezar el rosario, que nunca había rezado, pero que importa: unos cuantos padres-nuestros por acá, luego otras tantas ave-maría… y así seguía, sentado sobre la taza del baño para que nadie lo fuera a ver. Aunque, hay que tener cerebro de pulpo para pensar que ese escondite es bueno.

Los enfurecidos jugadores aparecieron en el baño. Patearon puertas, rompieron ventanas. Ahí estaban todos, y ahí estaba Octavio, solo con su orgullo ya opacado por el terror.

No se recuerda masacre más grande en el Club Hípico. Lo golpearon con cuanto encontraron por delante. En un principio lo dejaron inconsciente, luego de un certero golpe en la nuca, Octavio dejó este mundo con el fiel pensamiento de haber honrado a Paul en esos últimos meses de Teletrak.

El resultado no se dejó esperar. Después de tanta bofetada y una buena escaldada, Octavio pasó a la parrilla, con pinceladas de un buen chimichurri, vuelta y vuelta, y ese pulpo a la parrilla hizo historia. Muy peruano para algunos limítrofes adeptos al asado, memorable para los demás. Es que no hay nada como un suave pulpo a la parrilla, y este estaba increíble.


El mejor pulpo a la parrilla lo he probado en el Alfresco (Av Las Condes 7542), deliciosamente adobado y suave en su interior. Fue hace años atrás, celebrando que cumplía años y vaya qué celebración.

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