Ilustración: Franesii

Cuando pienso en huevos fritos, pienso en los mitos-no-tan-mitos del desierto que dicen que sobre una de esas piedras se puede freír perfectamente un huevo. No sé porque pienso eso, ni qué sentido tiene escribirlo acá, acaso algún día estaré en el desierto con ganas de desayunar y no hallaré nada mejor que freír un huevo sobre una roca a chorromil grados Celsius.

Luego evoco alguna pregunta de prueba universitaria en las que sacaba cero puntos, en donde el ayudante no hallaba nada mejor que remarcar el cero encerrándolo en un círculo, caricaturizando frente a mis ojos un perfecto huevo frito. Es más, solía resumir mi desempeño como huevo frito, a raíz de lo mismo.

También pienso en esas personas que fríen sus huevos en medio litro de aceite, dejándolo con la yema amarilla de tan recocida que está. Un fiasco. Y respecto a esto mismo, se me viene a la mente un artículo que leí de un pelotudo que escribe, publica y lo más irrisorio es que tiene muchos seguidores, que solía decir que estos huevos recocidos representan tu cerebro bajo el efecto de las drogas, sin ningún argumento más que su propia afirmación. En esos momentos pensé: “¿Por qué dejas que se cocinen así tus huevos? Tal vez fue así como trataste tu cerebro de huevo durante la etapa de consumo de drogas de tu vida…”

Pero no todos somos imbéciles. Mis huevos son tratados con cariño, y de varias formas: desde el clásico revoltijo de huevos (ojo, con las yemitas naranjas, cremosas y casi frescas) hasta mis favoritos y ultra mainstream huevos benedictinos. Y es que reventar un huevo benedictino provoca más conexiones neuronales que cualquier dosis de clonazepam.

Y bueno, es interesante enterarse como todo tipo de personas rompen su ayuno con un par de huevitos.

En fin, cómo anécdota final les contaré esta historia que ocurrió un día, en el universo paralelo de Alicia al otro lado del espejo, sobre una sartén de hierro fundido, engrasada con mantequilla, en la que se partieron dos huevos. Un huevo le pregunta al otro “¿Cómo terminamos aquí?”

Y el otro huevo grita “¡¿QUEEEEEEEE?! ¡UN HUEVO QUE HABLA!”

Amable lector, esta es una manera indirecta de darle la bienvenida a los próximos tres meses, que tratarán acerca de – para muchos – la comida más importante del día: el desayuno. Ponga un poco de whisky en su café y sumérjase.

 

WRITE A COMMENT