Por Natalie Messer

 

Siempre lo he dicho (y sin miedo): No me gusta el pan. Siento que es de esos alimentos que siempre están en el centro de la mesa orgullosos, el comodín,  y el culpable de muchos cambios en la ruta de vuelta a casa debido a que “alguien debe pasar a comprar pan para la once”.

Pero como todo odio tiene algo de amor. Debo reconocer que a veces siento un amor culpable por él.

Cuando viajo fuera de Chile un tiempo largo, ¡cómo te extraño crujiente maraqueta recién salida del horno untada en ese huevo frito de campo¡ ¡Como no amarte hermoso pan batido con paltas  compradas en Quillota! ¡Imposible olvidarte sabroso pan francés con paté que acompaña a mi mate recién cebado!

 

“¡Nunca digas nunca!- Me decía mi abuela. Yo pienso que esto es algo asi como un remember con un ex sólo por una noche. No es malo una canita al aire de vez en cuando.

 

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