Existe la evidencia de que la película Pollitos en Fuga, estrenada en los cines por ahí por el cambio de milenio, es real.

Hoy contaremos una arista desconocida: la historia del pollito que no se fugó.

Este relato fue entregado por uno de sus protagonistas, que vive actualmente en una granja de Gallinas Felices, por ahí cerca de Yumbel.

———————————————————————————-

Érase una vez, en la granja de don Abelardo, un gallinero.

Don Abelardo criaba gallinas para vender sus huevos, y luego, cuando estas dejaran de poner, las vendía para fines culinarios a las picás de camioneros de la zona. Generalmente terminaban convertidas en una tradicional cazuela de ave.

Las gallinas del gallinero, cansadas de los abusos, y con miedo por lo que les podía deparar el futuro, decidieron agruparse.

Formaron una organización para arrancar de la granja. Merecían ser gallinas libres, estaban en su derecho.

Un día, entre plática y discusión, acordaron planificar la escapada. Todos estaban a favor de la moción, exceptuando uno.

– “Ese huevón se llamaba Sandro, y le gustaba que le sirvieran la comida en bandeja” cuenta nuestro testigo, quién no quiere revelar su identidad por miedo al acoso.

Le apodaban Sandro el cojo, pero no porque tuviese alguna malformación o lesión en alguna de sus patas, sino que por lo malo que era para caminar.

Las gallinas se reunían a diario en asambleas. Sandro escuchaba a lo lejos sus ideas de emancipación, y pensaba “pucha, siempre estas gallinas se ponen cluecas y les viene el aire revolucionario. Hablan y hablan como cotorras y no hacen nah’ al final… pa’ que me voy a calentar la cabeza, si aquí tengo comida y techo gratis… Tsss ‘toy flor”

– “No nos pescó”, recuerda nuestro testimonio, mientras mira al horizonte y suspira.

Finalmente, llegó el día de la huida masiva, este gran evento que las gallinas habían planificado con tanto ahínco. Sandro ni se enteró, pues estaba durmiendo la siesta.

Cuando despertó y se encontró solo no se asustó, al contrario estaba feliz: finalmente podía descansar tranquilo de tanto cacareo.

Pasaron los días y Sandro gozaba de una vida soñada. En otras palabras pasó de estar “teribl’e pobre”“entero rico”. El anhelo de cualquier pollo de granja: ser millonario.

El granjero Abelardo, preocupado por haber perdido su sustento, y dado que tenía una entrega para la semana siguiente, decidió atrapar a Sandro, que estaba gordito.

Cuál sería su sorpresa al darse cuenta que Sandro el cojo no era nada de pollo, era pavo. Por lo que decidió cancelar cualquier entrega y cocinar el pavo relleno.

Cinco horas a horno suave, mantequilla y hojas de salvia bajo la piel, con un relleno de cebollas y ciruelas descarozadas. Sal y pimienta a gusto.

Se derrite en boca.

 

Sublime pavo, agradecemos tu gordura… hasta el día de hoy.

WRITE A COMMENT