Si bien es cierto que un buen desayuno nunca reemplazará a un buen psiquiatra, pucha que ayuda a la sensación de bienestar.

Recuerdo hace unos años, que estuve yendo a terapia, en una sesión el psiquiatra me dijo que cuidara tres pilares: la terapia sicológica, los medicamentos y la alimentación. Con las dos primeras ya estaba andando y respecto a la última pensé: como 5 frutas/verduras al día y casi nunca me salto una comida así que check. Pero ahora que lo pienso creo que iba un pelín más allá de eso.

No sé si les pasa lo mismo, pero cuando compro comida “saludable” me sabe a papel. Encuentro que no hay nada más fome y triste que las versiones light/zero/fit de los alimentos preparados. El otro día probé unas “soul bar” y loco, mal, ¿cartón con un par de semillas o #khewea? Ningún brillo… entonces vengo (o mejor dicho: venía? JAAAA) con ese prejuicio hacia lo saludable. Por supuesto que me cuidaba de no comer tanta grasa y todo eso, pero no en un sentido estricto o que trascendiera al mero hecho de comer.

La cosa es que en esta cuarentena me he excedido en grasas: aguante el pan con queso derretido, las papas fritas, el maní japonés, los cuchuflies rellenos con manjar, los alfajores, chocolates y una larga lista de sucedáneos. Esto bajo una decisión consciente y previamente establecida: si voy a estar encerrada, no me voy a reprimir además de comer “cosas ricas”. Porque para que le vamos a agregar más pelos a la sopa #siono.

La cuestión es que hace un par de viernes tenía un paquete de papas fritas, otro de twittos, un aperol y una videollamada en curso. Me comí todo. Esa noche dormí pésimo. A mitad de noche me desperté con una piedra en el estómago. Guajardo estaba asomándose por la puerta del baño, pero yo no me atrevía a ir. Pensé: si Guajardo se manifiesta, me voy a desmayar. Así que me aguanté. (Me había pasado antes pero no con tanta intensidad) Bueno, la cosa es que el fin de semana anduve sensible estomacalmente pero no me privé de nada, al contrario, hice vista gruesa y pacman. Vino, pisco sour, quesos y longanizas.

El lunes fue un día horrible. Entre que figuraba ansiosa/cansada/guata rara. De ansiosa me comí una barra de chocolate antes del almuerzo y luego almorcé dos platos de garbanzos con longaniza. Eran las siete de la tarde y yacía en posición fetal esperando desaparecer. Quizás algún astro se alineó con mi signo esa noche, porque la cosa es que desperté el martes con la idea fija de prepararme un desayuno saludable y partí: un bol con espinacas, tomate, cebollín, huevito trufado a la copa y salmón. Maravilloso. Juro que sentí amor por mi misma toda esa mañana. Una sensación que no sabría cómo describírtela, no es mental, es física.

No quedé con hambre y me sentí bien (como livianita quizás?).

No voy a describir todos los demás desayunos porque #quelata (aparte q los he descrito a diario en mis historias de Instagram), pero van en la misma línea: harta verdurita/frutita, muchos colores, texturas y sabores distintos. He evitado el pan y las masas en general (siento q me aceleran mucho), excepto por ayer que me comí medio croissant integral (oye, me sentí muy #ConnieAchurra con eso jiji).

También evito agregar sal y azúcar, los alimentos ya tienen sus propios minerales y azúcares. A lo más les he agregado algunas semillas y otros aliños como para diversificar y hacerlo entretenido (muerte a la comida saludable con sabor a papel!!)

Bueno, eso. No pretendo andar evangelizando, solo contarles mi experiencia de esta semana. Al más puro estilo: YO ESTABA PERDIDA…

Na… pero la cosa es que pensé en el psiquiatra, cuando por esos años me mencionó la alimentación y yo hice “vista gruesa”, ahora como que hice “click”. Por supuesto que no me prohibiré ningún alimento, la cosa es dosificar y diversificar, porque fíjate que la sensación que te deja una buena comida no te la reemplaza ningún clonazepam.

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  1. This is one awesome blog article. Much thanks again. Fantastic. Sherline Eldridge Brendin

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