Hace meses que tenía ganas de ir a Las Cabras. El hashtag #comidarica invadía mi instagram, el tiempo que vuela y terminé yendo la semana pasada.

El miércoles, después de la pega, salí caminando en dirección a mi casa y de repente me dije a mi misma “y hoy, ¿por que no?” (jajaj…). Así de simple, no doble a mano derecha sino que seguí de largo por Providencia en dirección a Tobalaba.

Tuve suerte, llegué tipo 19.00 hrs y encontré una mesa para dos personas adentro. Al rato, se armó una cola para entrar, se los adelanto: es un verdadero hit.
Fui acompañada y pedimos las famosas charchas con papas fritas y la mechada con tallarines.

En el local te atiende un mozo, y al mismo tiempo un tipo con anteojos de marco grueso supervisa que todo salga bien. De fondo suena música onda retro y es como estar en una tradicional fuente de soda del centro de Santiago, ambientada, con sus mesas fijas, baldosas blancas y el espejo largo de la muralla, pero a pasos del Costanera. Tiene su toque vintage bien marcado.

 

De las preparaciones que pedimos no está de más decir que estaban deliciosas. La mechada con harta salsa y un toque de pesto encima. Las charchas desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos, suaves y blanditas. Pedimos papas fritas para acompañarlas, estaban sabrosas, pero creo que les habría venido mejor un arroz, para aprovechar mejor la salsa en la que vienen.
No nos quisimos quedar con las ganas de postre y pedimos una leche asada para compartir. Me recordó la que hacía mi hermana cuando éramos chicas. La nostalgia de la niñez, la vida simple, el plato floreado, las servilletas cuadradas y las fuentes de soda, con ese nombre, no otro.

Las luces rojas de neón en la entrada anunciando “comida rica” no se equivocan.

Me emociona que se abran locales de comida chilena y que estén así de llenos. Harto público bien merecido en Las Cabras.

 

Nota: Todo lo consumido, incluyendo 2 cañitas de Kunstmann Torobayo nos salió $23.000 con propina incluida.

 

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