Ilustración por Ignacio Pimentel Ascui

 

El conejo Renato era un conejo común y corriente. Salía, bebía y fumaba de vez en cuando. Eso sí, era un fumador social: cuando bebía, a veces se fumaba un pucho. Le gustaban las ensaladas y, como buen conejo hípster, no le gustaba tanto la zanahoria y la lechuga con balsámico lo mataba… Con una vinagreta era feliz.

Renato tenía un montón de amigos y, gracias a él, uno de ellos, Jerónimo, se hizo famoso. Era un conejo blanco, a quien en aquel entonces apodaban El Hippie, por lo perezoso que era: andaba tranquilo por la vida, no se preocupaba de nada, se conformaba fácilmente; lo que fuera que pasase, estaba bien. De todas maneras, era un buen conejo y cuidaba de sus amistades.
En algún momento, Renato se empezó a fanatizar con las lechugas con vinagreta: eran su perdición. No obstante, no en todos los  lugares es tan fácil de conseguir. En el lugar de esta historia era así, debido a la escasez de vino. Por ende, había que hacer alguna maniobra tránsfuga para conseguir el vinagre.

Y así, en una de sus salidas, Renato se consiguió la papa.

“Había una movida brígida”, nos cuenta en exclusiva Jerónimo, desde su departamento en L.A. “Si lo lograba, se iba a quedar con el vinagre de toda su vida, y más” (aunque, como muchos decían, nunca es suficiente vinagre para un loquillo como Renato).
Era el negocio del siglo, pero era un negocio clandestino, y peligroso, así es que le pidió a su compadre Jerónimo que lo acompañara.

– Sabís que… tengo esta movida, ¿me podís acompañar?

– Mmm, bueno, ya, accedió Jerónimo, relajado.

– Juntémonos mañana a las tres de la tarde delante del Bellas Artes, le dijo Renato a Jerónimo.
La idea de Renato era dividir el monto a pagar entre él y su amigo, repartiendo así el riesgo.

Llegó el día. Eran las 14:30 y Jerónimo, relajado, dormía a pata suelta. No había trasnochado ni andaba con resaca, dormía deportivamente. Llegaron las tres de la tarde y Renato arribó al lugar acordado. Solo.

Las 15:15 PM, Renato seguía solo. Nadie a la vista.

Renato comenzó a llamar al celular de Jerónimo. No había respuesta. Jerónimo estaba raja, no escuchaba nada. Todo mal.

Renato, poco a poco, se empezó a angustiar por la falta de respuesta. Llegaron los socios del business.

  • ¿Qué onda? ¿Tenís la plata?

Pucha no… tengo la mitad. Porfa, espérate, espérate…

Jerónimo no llegaba. Los traficantes de vinagre empezaron a acosar a Renato, preguntándole insistentemente: “¿Voh erís paco, jetón? ¿Voh erís paco?”
La cosa se estaba poniendo muy mal… color de hormiga, dirían algunos intérpretes.
Jerónimo no llegaba, Renato se desesperaba.

  • No, tranqui, yo sólo quiero hacer negocios. Me gusta esta cuestión…

“¿En dónde estará metido este huevón? ¿Le habrá pasado algo?”, pensaba Renato sudando. (¿Han visto a un conejo sudar? Así de terrible era.)
Los socios se pusieron más quisquillosos, algo saltones. Así es que, de pronto, y a la voz de “sabís qué, voh erí paco y de esta no te vai a salvar”, atraparon a Renato y lo apalearon, dejándolo semiinconsciente. Lo amarraron y lo sumergieron en la fuente gigante del vinagre, la misma que Renato pretendía comprar.

Nuestro Jerónimo, por su parte, despertó y llegó al lugar del encuentro, atrasadísimo, como era natural. Divisó unos rastros… y a su amigo Renato, débil, desesperado y sumergido en vinagre.

Renato murió de sobredosis, ahogado. Sus últimas palabras fueron “¿por qué no llegaste a la hora?”
Desde ese día, Jerónimo nunca más ha estado tranquilo. Está pendiente del reloj en todo momento y siempre llega a la hora.

Desde ese día también existe el conejo en escabeche.

Una buena alternativa es acompañar este platillo con cous cous, cebollín y champiñones salteados y una ensalada de pepinos y albahaca con salsa de yogurt griego. ¡Qué ricura!

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