Por Laura Ramaciotti

 

Aún me acuerdo de lo impactante que fue para mí, cuando chica, ver que una bolsa de marraquetas costaba como 300 pesos (como 5 veces menos que los cereales que me gustaba comer). Ya tenía la solución para el hambre en el mundo, le dije a mi mamá: “comprémosle a todos pan!”. No fui la primera en pensarlo, ni claramente seré la última. No por nada dijo Pablo Neruda que la victoria, en vez de alas, tiene un pan en la espalda.

Y aunque la cosa es un poco más compleja, quedémonos con esa sensación de que el pan es el alimento básico, capaz de quitar el hambre a muchos, y también es el más excelente; el que no sólo nos alimenta sino que además, por si fuera poco, pareciera ser un antidepresivo natural, en días de lluvia o en onces de tarde playera.

Que fome sería que el pan fuera un alimento básico pero fuera malo… algo así como la avena, que es rica si le ponemos cosas ricas encima. Pero el pan es bueno porque el pan es bueno. Porque es pan.

 

En otras palabras, es un bien irreemplazable. En base a esto mismo, se me viene a la mente la clásica anécdota que se cuenta a la hora de contextualizar el ambiente previo a la Revolución Francesa, cuando María Antonieta paseaba con sus lacayos por las calles de París, sorprendida por las caras de pena de los pobladores pregunta “¿Qué está pasando aquí que la gente anda tan triste?”, uno de su sirviente sin pudor le responde “es que no tienen pan”. Cuenta la leyenda que luego de un buen rato de reflexión responde ocurrentemente “entonces que coman pasteles”, ganándose con ésta frase para el bronce las burlas del pueblo sin pan. Pocos años después su tierna cabecita rodaría bajo el corte de la guillotina. Y claro, suficiente fue esta falta de respeto como para preservar este cerebro pensante por más tiempo.

Repito: el pan es irreemplazable. Es un bien necesario.

A todo esto, ¿qué es el pan? En Wikipedia y en los diccionarios dicen que es un alimento básico hecho con algún cereal (generalmente trigo), agua y levadura. Igual en muchos lugares la definición de cereal es bastante amplia, yo entiendo que el pan pueda ser de centeno, de linaza, etc. Pero cuando se usa maíz las cosas empiezan a ponerse raras. Y, más encima, resulta que ni siquiera es tan necesario que lleve levadura, porque el pan puede ser plano. Ahí ya las cosas empiezan a irse a la mierda. ¿Qué es el pan?

 

Traté de encontrar la definición del pan, buscándolo en la memoria de la gente. Aprovechando que estoy sumida en las tierras nórdicas estudiando con varios alumnos extranjeros, pregunté a varios por acá sus anécdotas favoritas de pan, qué pan serían, y por qué. Aquí encontré algunas diferencias conceptuales. Por ejemplo, colombianos y mexicanos, que comen arepas y tortillas de maíz en vez de marraquetas, no se sintieron muy identificados con las preguntas de los panes. O sea, cuando piensan en pan no piensan en arepa, y viceversa. Aunque la arepa para un colombiano signifique todas las maravillas que significan para nosotros los chilenos, ellos no lo llaman pan. A pesar de esto, todas las personas a quienes les pregunté tenían la misma anécdota feliz relativa al pan: todos caminando por algún barrio cotidiano, con sus papás o solos o con amigos. Todos comprando algún pan o sintiendo el olor. El olor y la cotidianeidad, que alegran y tranquilizan. O como dijo Piero “Soy pan, soy paz, soy más”. Esa es la clave. ¿Será el olor del pan el elemento más característico que este tiene? Un estudio hecho en Francia concluía que la gente era sistemáticamente más simpática cuando era expuesta al olor a pancito recién salido del horno.

Y claro, como no, si Francia se caracteriza por sus boulangeries.

El olor a pan recién salido del horno, de pan hecho a mano, pan artesanal. Distinto es el aroma y el sabor en comparación al pan de supermercado, y claro, puede que a ambos panes los encuentre ricos… OK, basta, no nos miremos la suerte entre gitanos: no hay comparación.

Los panaderos tradicionales eligen harina de calidad, preparan masa madre, la dejan reposando el tiempo que según sus recetas secretas les entrega un resultado maravilloso. Lo hornean, cuidando el proceso de cocción. Este pan renuncia a su condición de mercancía, ignora el precio y se enfoca en el público que lo ama.

Mientras que el pan industrial es neutro, cayendo en lo mediocre. Hecho en base a un proceso mecanizado, por donde pasan las masas congeladas que son horneadas sin mucha atención más que la de considerar a la eficiencia como principal ingrediente de su producción. Trayendo como resultado un alimento asimilable por nuestro organismo pero sin sabor y prácticamente desechable.

En este mundo de competencias, de AFPs y de sueldos reguleques, existe una constante. Nuestra fortaleza y nuestra debilidad. El olor del pan. Y eso, amigos, no debemos venderlo jamás. No le entreguemos nuestro talón de Aquiles totalmente al Jumbo, a Ideal, ni siquiera a las abuelitas del Castaño.  Debemos apropiarnos de ello. Los invito a aprender a hacer sus panes, y así controlar el secreto de la naturaleza mejor guardado.

 

Lettering de Daniela Valentini

2 Comentarios

  1. Amor eterno al pan artesanal ❤️

    • guatitas

      <3

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